El averno.

Comenzaré el post con alguna clase de nueva bienvenida. Hace realmente mucho tiempo que no posteo absolutamente nada, pero es por razones académicas en su mayoría: taller de diseño y clases regulares. También he ‘perdido’ tiempo saliendo con un amigo y debatiéndome entre si decirle a mi ex (ajá, ya no tengo novio) para volver o no. No lo voy a hacer pero he perdido tiempo pensando en eso. En fin, la idea es que estoy de vuelta y espero estarlo por tiempo más seguido…aunque igual difícilmente alguien pasa por este blog (no quiero compartirlo con mis amigos porque sería incómodo para mí tener que verlos al día siguiente de publicar algo que…bueno, cualquier contenido en general). Como sea, ahí va el post.

No recuerdo haber publicado alguna otra de mis obras de este tipo aquí, así que empezaré diciendo que el título de la publicación es el título de la pequeña historia que viene a continuación.

 

*Advertencias, aclaraciones…como quieran llamarlo*: El único nombre humano incluido no hace alusión a ninguno de mis conocidos. No considero que sea ofensivo, pero puede lastimar alguna susceptibilidad por ahí. So…empiezo.

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A quien lea esto.

Incluso con todo su tambaleo, pareciera que Sebas tiene una caminata de militar comparado conmigo al dirigirse a la salida; me mira, se ríe como burlándose del estado en que me encuentro y corre el portón negro que da para la calle tras destrabar un gran cerrojo de metal oxidado. El chirrido me perfora los tímpanos, pero finalmente logro salir de El averno con trabajos gracias a que los movimientos que realizan mis pies o los balbuceos que emito a labio seco están totalmente desligados de mi conciencia. Él me grita que me cuide y que lo llame cuando llegue a casa para asegurarse de que mis entrañas no estarán a la venta en el mercado negro a las doce del día, mientras camino hasta la esquina para cruzar la pista. Me acomodo la casaca, me subo los pantalones que se me vienen chorreando desde anoche, me peino con los dedos, escupo ese jodido chicle sin sabor y meto las manos en los bolsillos.

Me apoyo en la pared con toda la espalda y con un pie, mientras mi hombro recae sobre una columna que sobresale del muro. ¿Cómo era que se llamaban estas cosas? Bah, que ni me acuerdo.

No tengo muy claro qué hora sea, mas sé que es muy de madrugada porque el mayor astro no hace acto de presencia aún pero el cielo anuncia la llegada pronta de la aurora; las luces de los postes se ven como burbujas por reventar y los pocos carros viajan despacio, tratando de no resbalar en el asfalto por culpa de la fina garúa que está cayendo. Una combi se detiene frente a mí y el cobrador me llama, casi obligándome a subirme al vehículo. Ya no recuerdo cuánto bebí anoche y no sé a dónde diablos me lleva el puto carro ese, así que solo niego con la mano y dejo que siga su curso, preguntándome cómo es que esa línea de transportes ya haya empezado su circulación a esta hora. Hace mucho frío; el invierno acaba de empezar; mi casaca de cuero se me resbala del hombro derecho, exponiéndome aún más al aire gélido que me susurra en la nuca. Miro al piso por unos minutos, pensando en nada, hasta que escucho la voz de una chica a mi lado saludándome. No sé quién en es, o quizás sí y no me acuerdo, pero su cabello color zanahoria y su mini vestido morado me dan vueltas en la cabeza tratando de recordarla. Habla mucho con esa voz entre grave y aguda y yo casi no presto atención a lo que me dice sino a lo largas que son sus piernas, que con esa corta prenda se me hacen kilométricas. Mis botas negras bañadas de lodo y otros líquidos tóxicos se acomodan de forma que les permito espiar debajo de la falda de la chica, mis manos se deslizan por su cuerpo tan cuidadosamente como se deslizan los carros en la autopista pero, a diferencia de estos, mis extremidades no tienen frenos y dan vueltas de campana en las curvas más peligrosas. Nos besamos y su morado labial líquido se embarra en nuestros rostros. Morado metálico, olor a bayas, la calle huele a orina y otras cosas que no identifico inclusive tras haber despertado entre bolsas de basura en esas calles desde hace años por culpa de que algún animal me crea parte de los desperdicios…pero ella huele a algo que me excita, huele a algo que me pone al borde del abismo y al borde de las carreteras que cruzan la frontera. Me estorban los pantalones de cuero, a ella no sé si le arde alguna parte del cuerpo. Se muerde el labio inferior mirándome a los ojos y juega con su cabello anaranjado de muñeca; se quita la vincha y se la cuelga al cuello; su delineador está tan corrido como a mí me dan ganas de estarlo. Sus filudas uñas negras se incrustan en mis hombros mientras me presiona contra la pared con agresividad; luego se gira para darme la espalda y dejar mi boca al alcance del hueco entre su cuello y su hombro, frota su cuerpo contra el mío y coloca mis manos en su cadera tan lentamente que me quedo idiota. No creo que seamos de la misma naturaleza ni que se haya dado cuenta de eso, pero disfruto cada segundo del contacto y transmisión de su calor. Nos besamos otra vez, no sé si con deseo, no sé si con hambre, no sé nada en este instante ni a esta altura de la situación.

Suelta un gemido sin pudor.

Se pega a mi humanidad otra vez pero ahora lo hace de frente, se ríe antes de dirigir sus manos a mi bragueta, siento sus pechos golpearse contra los míos y creo que ella también lo nota porque se le borra la sonrisa. Me habla algo que entiendo a medias y le contesto algo coherente pero estúpido, estoy segura de eso. Ella se enoja y se aleja de mí, golpea sus tacones contra el piso haciendo un berrinche, se los quita y con los pies desnudos se sienta en las escaleras del pórtico del costado; saco un cigarro del bolsillo, le ofrezco uno, lo rechaza, me encojo de hombros y enciendo el mío. Primera pitada, despeino su cabello naranja artificial con una mano y me largo de esa calle buscando algún taxi que me lleve a mi casa para poder llamar a Sebastián.

No sé si me confunde con un chico o es que yo desbordo mucha testosterona. Y las luces de la ciudad me ponen a temblar.

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Y eso es todo. No me digan cosas como “no entendí el final” porque…tendrían que meterse en mi cabeza para entender exactamente por qué lo escribí de la manera que lo escribí. Ahora sí, opiniones sean bienvenidas…aunque no sé si alguien lea esto…igual me prepararé para las críticas de todo tipo. Ahí nos leemos.

PD: tengo muchas más historias…bueno, ok, no muchas, pero más. Necesito hacerles edición y terminarlas, ojalá pueda publicarlas aquí sin que terminen en algún otro lugar (tampoco es que sean las historias de la vida, pero ya roban cualquier cosa en la red hasta el nick o nombre de usuario).