Pizza.

Otra de mis estúpidas anécdotas. Soy taaaaan tonta.

Su codo cae sobre la mesa y apoya su cabeza en su mano, listo para ordenar. Lo imito y, estando cara a cara, lo miro.

Él me regresa la mirada, riéndose igual, quizá pensando lo mismo que yo: no estamos realmente tan borrachos. O no es posible que lo estemos.

Siempre lo he visto reírse. Lo observo sin que lo note, lo cual puede sonar un tanto aterrador, pero lo hago de manera casual, ni siquiera instigadora.

…Esta vez hay algo diferente, y solo puedo adjudicarlo al alcohol.

Nuestras miradas chocan, y no creo que haya una risa mejor que aquella: la de él, su risa.

Esa en la que se ríe como si tuviera vergüenza, y luego mira hacia abajo.

Siempre lo he visto como un chico imposible, pero esta vez siento que si lo besara de frente, sin pensar, estaría bien y a ninguno de los dos nos importaría.

Mirarlo, conservando mi estado de ebriedad, mientras escogemos una pizza, la tarea más fácil de la vida que en nuestro estado se nos hace una odisea.

Tenemos la misma favorita, y tomo ese hecho como una señal. A estas alturas de la vida, todo es una señal. Hasta chocamos las manos al saber que nos encanta la misma.

Ilusa.

Me río de la nada, pensando que no estoy tan borracha, claro que no, solo estoy un poco mareada, debe ser que no he comido…

Pero en un breve instante de lucidez, recuerdo que yo no le gusto a él.

Porque soy su “amigo”. Su “hermano”.

Y solo en ese momento soy capaz de ordenar la pizza.

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